viernes, 15 de julio de 2011

Campo

Y en la luz de pronto, quise encontrarte. El clima frio con un sol impertinente en las ideas era idóneo para en ello poder pensar.

Te quise ver, te quise buscar ahí.
Sabía que tu presencia era nada.
Lo que un día fue y hoy se convirtió en un terror.

Una vez más como eterno retorno quisiera yo vivir.
El sol quiso que de la nada, solo estuviese.
Pensando en cómo el agua todo se escapa.


Sentado en esa banca queriendo escuchar tus pasos.
Queriendo escuchar la presencia de tus ojos.
Queriendo sentir la luz de tu boca.
Queriendo querer mis sentidos se trasnocharon.

La luz, me dejo ver las salidas.
Salidas que sin serlo, otorgaban respiro.
Al final era la entrada de tus ojos inexistentes.

Hoy en el sol te pensé, en el campo me quedé.
Me quede en ese campo bajo un techo.
Viendo como tus sonidos se fueron.
Viendo como me lastimaste.

Hoy no veo tus sonidos.
Hoy tus pasos no los veo.
Tus ojos me dejaron aquí.

Las Pociones

Francamente, a Mario le molestaba mucho visitar a sus abuelos. Ir a su casa, apenas fuera de la ciudad era como viajar en el tiempo, pasar del año 2000 al siglo XVIII en simplemente media hora.
Era inevitable, tenía que hacerlo. No era que, sus abuelos fueran molestos, que no los quisiera; al contrario siempre se aprendía algo al visitarlos. Pero al haber entrado a la mocedad, estar lejos de la niña del instituto que le gustaba era, simplemente, un sacrificio que según el merecía premio de alguna especie de mártir.
Al llegar, sus impresiones fueron cambiando de poco. El aroma a tierra mojada le recordó aquellos días, donde el lodo sumado a móviles de juguete simbolizaban una tarde, simplemente; perfecta.
El aire puro, sintió, entró la primera vez en sus pulmones. Sintió de repente que no se encontraba ya, dentro de la ciudad. Al menos el clima, frio y lluvioso significaba estar atado a la televisión satelital, mucha comida (MUCHA) de la abuela además de charlas llenas de detalles de asuntos (que al día de hoy) no comprendía por parte de su abuelo; un militar retirado ya.
Esa misma tarde, en vez de pasar con su abuelo la mayor parte del tiempo (como era la costumbre) decidió pasar con su abuela la tremenda tormenta que azotaba la residencia, en la cocina. Sus ojos inquietos, siempre intentaban mirar la pantalla del móvil asesino de esperanzas y guía de fantasías para los mancebos del nuevo siglo en cuestión de amores.
Poco a poco, se fijo que en un estante. Cercano a la estufa, donde la luz a la cocina no llegaba mucho; había una infinidad de frascos de figuras simpáticas, atrayentes en su contenido por el color tan pronunciad. Que tenía que peguntarle (como todo buen pequeño)
Pero, sobre todo en el estante dos frascos portentosos en su aspecto, cada uno con un liquido diferente. Uno rojo y el otro; blanco. Eran tan bellos dichos líquidos, simplemente estaba hipnotizado.
Intentó hablar con su abuela al respecto, pero ella siempre se mostraba esquiva en cada una de las veces que le preguntaba. No podía comprender como aquellos dos frascos eran tan bellos; daba la sensación de querer sentir su garganta dichos líquidos que a su vista, eran divinos. La abuela fue tajante, “ni verlos, ni tocarlos; menos, menos tocarlos”.
Error, todo lo que a un joven no se le debe decir.
Mario, a la media noche. Su corazón estaba ya poseído, sentía que tenía que probarlos.
Al entrar en la cocina, la luz de la luna de forma paradójica alumbraba en la cocina al dichoso estante donde en la misma tarde se había dejado perder.
Tomó con las manos, al primero de los frascos (siempre su cabeza apuntaba hacia el rojo y el blanco) lo dejó en la mesa y tomó el segundo, el más delicioso pensaba. El rojo y el blanco, vertió en un vaso de vidrio.
Al tomarlo, lo sintió cálido y lo más delicioso en su vida. Su vida, sintió un cambio abrupto; sintió como de repente todo se volvía tan móvil para sí.
La mañana siguiente, su abuela no lo había encontrado en su cuarto para pedirle ayuda con el desayuno, sabía que era un joven muy paciente y servicial.
Al entrar a la cocina, en un minuto su vida dejó de tener sentido. Es entonces cuando una historia tiene cuatro ojos. Dos visiones y dos sentimientos.
La abuela, Adelina se arrepintió en un segundo de haber aprendido las practicas mágicas de su cultura húngara, la vida de un ser inocente y maravilloso había quedado a medias. La piel estaba, a medias. A medio color de oro y plata, era inmóvil en toda regla en la boca con la mano el vaso de vidrio ya vacio.
La abuela, no lo dudó en un segundo. Se sentía impotente y sobre todo, cobarde. Tomo con la mano el frasco de líquido blanco. Lo bebió de un sorbo, al tomarlo comprendió la acción de su joven y bello nieto.
Todo, se volvió tan móvil para ellos. Tan inmóviles quedaron, todo era tan bello; tan móvil para ellos.

Lagrimas sin conocer

Queriendo sufrir y avanzar.
Ayer quise por ti llorar.
Me di cuenta de repente.
Que mis lágrimas no querían bajar.

Llegue pronto a darme cuenta.
Que no quería dejar de saber de ti.
Que tarde supe que te llegue a querer.
Y que al final, nada pude obtener.

Hoy mis lágrimas no caen por ti.
Mis lágrimas aun no quieren sufrir por ti.
Mi cuerpo no te quiere dejar ir.
Mis lágrimas no se quieren alejar de ti.

jueves, 14 de julio de 2011

Sin respuesta

Al final, no supe. Al final, no quisiste la atención. Al final, quisiste que todo quedará en usted. Solo, una vez; la verdad quisiera saber. ¿Por que no pudiste como yo, llegarme a querer? ¿Por que, al final mi atención no fue lo suficiente?
Lo que tuviste aquí no tenías, en otro lado irlo a buscar.
Al final, tu decidiste que todo quedará en usted.

lunes, 11 de julio de 2011

No soy nada

Sin pensarlo, pensándolo.
Sin quererlo, lo deseo.
Bajo el aura occidental del amor quise, un día ser su guía.
No quise saber, no pude comprender que; dicho animal para bisutería usa sus lóbulos.
Una vez, hace tiempo. Dos de forma recurrente. La tercera denota idiotez.
No es culpa del deseo, la naturaleza te empuja hacia tu destino oscuro.

El escuchar es sinónimo, de prestar atención a los labios más; no al dolor, implícito y tácito-menester repetir las cosas para ellas- que se quiere hacer saber. No se comprende, que las palabras sirve, la mayoría de casos para comunicar.
¡Divino invento de la mortal humanidad!
¡Ditirambos a la civilización!
Al final, el olvido no lleva una connotación femenina. Como el deseo, es parte de los hijos de Adán, al final el olvido, lo llega a ser también.
No sufren el olvido, el olvido en su cara no llega a cruzarse en el Delfos femenino.
Al final, una vez más; Ignacio dice “Vuelta a empezar, es hora del dolor vivir, al olvido llegar.”
Que fácil no haber llegado a recordar, para que el olvido nunca las llegue a conocer.
Al final, nada llegue a ser.
¿Por qué creo que, recuerdo es mío y el olvido será para mí?
Una vez más, nada fui. Nada llegue a ser.
Vivir sin recuerdos, ni pena, el olvido no llegará.
Una vez más, nada soy.

domingo, 10 de julio de 2011

Azar sin jugar

Por cada segundo, el reloj mueve sus manecillas.
El tiempo parece eterno durante la espera.
Otro minuto, no te imaginas lo que acabas de hacer.
El humano, como tú, no entiende de tiempo ni oportunidad.

Una hora se vuelve a sumar.
Las gotas resbalan el dolor a través de lo vacio.
Decidiste no ver el móvil con ojos que queman el alma.
Piensas que todo, todo es parte de un juego.

Te digo entonces;
Cada segundo que has dejado pasar sin ver las hojas caer
En cada momento cuyo recuerdo has querido sin querer no recordar
Tus suspiros se perdían entre las risas y el vino
Se te ha llegado a olvidar lo que un día llegaste a sentir

Te olvidaste de una forma estúpida te digo, no supiste que;
En cada segundo que no hablaste
En cada minuto que olvidaste
En cada hora que tu vida te consumió
En cada día que lo decidiste posponer

Fue cada opción que tuviste para cambiarlo todo.
De estar ahí, de apoyar y de querer.
Fue cada momento que tu, decidiste un día dejar de querer.
Es cuando, te digo que, no quisiste querer más
Decidiste no jugar con tu azar.
Decidiste, dar por sentado el azar.

sábado, 9 de julio de 2011

Al tiempo, el orto.

Entre las llagas del dolor, tú vuelves aparecer.
La realidad deja un determinismo implícito.
No se consigue nada con la arena querer remover.

Sólo sé que, en el dolor tu calor me abriga.
Aparece en el tiempo onírico.
Cual astro se entrega al orto.

Vuelves aparecer.
Demuestras que la realidad nunca llegara alterar tu estado inmaculado.
Querida estrella que aparece y se esconde, siempre serás tú.
Enclaustrada en el orto del tiempo onírico dominas mi vida y me entrego a ti.

El dolor nunca, jamás, ni siquiera en otra condición podrá erradicarte de aquí.